Estoy inmerso en lo que el Nagual Carlos denominó "tristeza ontológica". Y el motivo es el ser humano. Cada día veo que la inmundicia espiritual, emocional, social; en suma... total, se acrecenta sin parar. Los pocos seres valiosos ya están entrando en la categoría de "extinción" pero no hay ninguna instancia privada ni gubernamental que se dedique a preservarlos (ja). Mientras, la Vileza campea obscena y brutal, aplastándolo todo.
Es menester, entonces, cerrarse en sí mismo, que es el único campo o territorio que puedes explorar y maniobrar. Imbuirse, internarse, implosionar dentro de la Vía hacia la Libertad, a pesar de que mi tristeza sea abrumadora. Lo único que me alivia es que no va emparejada con odio o resentimientos. Sólo tristeza, nada más. Y llevo años con ella.
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo, no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Pena con pena y pena desayuno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos, penas me oponen su corona,
cardos, penas me azuzan sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
circundada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!
La tristeza es buena para crear y para limpiarse de superficialidades, es la musa preferida del poeta del espíritu, ese que hace un poema de su propia existencia...
ResponderEliminarSólo te puedo decir, que mi corazón es tu corazón, y que no nos extinguiremos, aún después de la última extinción posible...
abrazo infinito...
Grande, María, eso eres. La tristeza ontológica de la cual nos habló el Nagual Carlos, como bien dices, es un catalizador que puede ser usada como "combustible" para muchas cosas. Igualmente, siento mi corazón en el tuyo. Un abrazo, amiga mía.
ResponderEliminar