Mantras: Es la repetición incesante, fluida, flexible, firme, mental o susurrada, de una palabra de poder, un nombre, un vocablo mágico (OM, Meshico, Tolteka), o una corta frase de alto contenido personal. Es una de las técnicas más habituales en toda tradición espiritual.
Comandos cuerdos: Se trata de dictarse a uno mismo órdenes verbales silenciosas. Mantener con uno mismo un diálogo cuerdo, correcto, consciente, pausado, enérgico, constructivo, implacable, bien dirigido, que nos impida desviarnos del Propósito.
Contar: Tenemos tan automatizadas las enumeraciones que incluso concentrados en otros quehaceres perdemos difícilmente la cuenta. Contar de 1 a 10, hacia delante o hacia atrás, es una tarea extremadamente simple, pero el hecho es que interrumpe poderosamente nuestro tren habitual mental.
No-haceres: Potenciar hábitos absurdos, inútiles, como mordisquear un garbanzo, mover los dedos, girar los ojos; o introducir desacuerdos conductuales, como ponerse un calcetín mucho más largo que el otro, cambiarse los anillos, etc, actúan como recordatorios. Cosas que no llamen la atención de los demás, pero sí la nuestra.
Intento inflexible: Término basado en Castaneda. Según él, es suficiente y prioritario “intentar” con un propósito fiero estar en silencio interno. La intención es mental, pero el intento es acción; he ahí la diferencia. Mágicamente, intentar sostenidamente algo, independientemente de su posibilidad, genera a medio o largo plazo, de manera inevitable, un resultado.
Cazando distracciones: La mente es un bosque enmarañado y oscuro. Los pensamientos son fieras que irrumpen entre la hojarasca. Con la espada de la determinación los tenemos a raya. Siempre buscan devorarnos, así que el buscador de silencio lucha sin descanso, con auténtica actitud guerrera, intentando anticiparse al enemigo.
Intervalos: Se trata de segmentar el curso de los acontecimientos en unidades estratégicas, debidamente acotadas, sobre las que podamos aplicar más controladamente nuestras técnicas de silencio mental. Si prestamos atención, comprobaremos que las rutinas diarias ya están de por sí segmentadas en unidades naturales fáciles de determinar: “cruzar la calle”, “caminar por esta acera”, “comprar el periódico”, “ducharnos”, “realizar tal o cual gestión”, etc, etc. Se trata de convertir estos segmentos en intervalos de silencio en los extremos de los cuales podamos aplicar algún tipo de “cotas” identificativas, como recitar un
pequeño Mantra, o hacer un movimiento táctico, o mirarse fugazmente las manos.
Asociaciones: “Cada vez que entre en el ascensor me he de fijar en esa mancha y recordar que debo silenciar mi mente”. Es un ejemplo de esta técnica. Asociar diversos objetos o sucesos cotidianos con la alerta espiritual. Es como ir dejando notas en nuestros recorridos que nos sirvan de recordatorios.
Anagramas en la mano: Dibujarse todas las mañanas en la mano algún pequeño símbolo personal (un punto, una letra). Ya que las manos las tenemos siempre delante, nos aseguramos un recordatorio constante.
Conciencia de la muerte: Aunque suene un poco tétrico, o monástico, la conciencia constante de la muerte, como quiera que sea la forma en que imaginemos su presencia, es una herramienta magnífica para darle seriedad y urgencia a nuestra lucha contra la distracción.
Conciencia de la respiración: Es el método yogui, y también zen, por excelencia. Grandes tradiciones ancestrales avalan el poder de esta técnica. La atención siempre puesta en la respiración es un barrido de paz y silencio para nuestro disparatado diálogo mental.
Conciencia del aura o Esfera Luminosa: Nos imaginarnos a nosotros mismos como una esfera de energía perceptiva, reactiva, que interacciona con un mundo también abstracto que fluye y cambia constantemente. Esto produce resultados sorprendentes, quizás porque se aproxima a la realidad.
Conciencia de algún chakra: La tradición esotérica sostiene que existen, en nuestra envoltura energética, vórtices especiales de energía asociados con las glándulas endocrinas de nuestro cuerpo físico. Para mantener el silencio tienen especial poder el “hara” (debajo del ombligo), y los chakras del pecho y la frente.
Conciencia del fuego interno: En el centro de cada uno de nosotros hay una llama inextinguible de poder y conocimiento. Iniciáticamente, el universo entero está en el centro más profundo de cada uno de nosotros. Vivir con la atención puesta en esa fuerza nos hace realmente invulnerables.
Conciencia del Punto: La técnica de visualización más sencilla consiste en imaginar que todo lo que somos se reduce a un punto sin dimensiones que flota errante en la inmensidad. Un punto sin barreras. Dónde lo situemos es indiferente a efectos técnicos. Un punto sin atributos resiste, como una boya en el oleaje, los embates de todo sopor mental.
Darse cuenta de todo: Otra técnica muy distinta consiste en asumir el reto de atender al máximo número posible de estímulos circundantes, con el objeto de tener siempre una visión global de lo que está ocurriendo alrededor. En vez de secundar nuestra secular atención especializada, aprendemos a cultivar una percepción panorámica, contextual. Los estímulos ya no son acontecimientos aislados sino partes de un “edificio significativo”.
Enfocar: Es una de las mejores. No se trata de ver, mirar u observar. Enfocar es agarrar con la mirada. Ser conscientes de que estamos mirando algo. La atención puesta en el complejísimo fenómeno de observar, de percibir visualmente. Es una técnica poderosa y muy compatible con cualquier actividad. Difícil de concebir, pero inestimable cuando se experimenta. Entonces se da cuenta uno de que llamarlo “enfocar” es justo.
Desenfocar: Parece contrario a lo anterior, pero poner la mirada ligeramente borrosa, sin que se note exteriormente, sin llegar a bizquear, tiene el efecto instantáneo de crear silencio mental tanto en nosotros como en las personas que nos rodean. Una técnica muy efectiva en las situaciones sociales comprometidas, aunque no tanto si tenemos que trabajar delante de una computadora.
Visión abierta: El campo visual es una elipse de información luminosa atiborrada de acontecimientos. Normalmente ponemos toda la atención en el foco central, pero si dispersamos esa atención por todo el campo, incluidos los bordes, descubrimos un mundo nuevo y sugerente, plagado de extraños presentimientos.
Pantalla en blanco: Es una técnica clásica de Control Mental. Convertimos el campo visual en un inmaculado estanque de luz en cuyo borde exterior se clavan los pensamientos sin llegar a traspasarlo, sin ensuciarlo. Podemos movernos en el espacio visual a salvo de cualquier distracción.
El estímulo natural protagonista: Una técnica muy compatible con el quehacer diario es poner la atención siempre en aquel estímulo que se constituya en el protagonista natural de cada situación. Siempre hay uno. Y asegurarnos de localizarlo es una garantía de vivir realmente en el “aquí y ahora”, así como una valiosa pista para entender el mensaje oculto de los acontecimientos.
Silencio interno verificado: Muchas veces ocurre que, pese a seguir una técnica con disciplina, es dudoso o leve el estado real de silencio interno que experimentamos. Esta técnica pone el énfasis en verificar con regularidad (ayudándonos por ejemplo de la técnica de los Intervalos) que nuestro diálogo interno está realmente detenido y que la ausencia de distracciones es pura.
Atender al mundo sonoro: Poner la atención exclusivamente en la información auditiva no solo es perfectamente compatible con el trabajo, donde siempre al fin y al cabo estamos manejando estructuras verbales, sonoras, sino que nos sumerge además en un espectacular universo de sensaciones nuevas, intrigantes, profundamente musicales.
Imaginar el astral: Muchos videntes llaman “el astral” a la Otra Conciencia, al otro mundo. Con una fe suprema en nuestra intuición, en nuestras dormidas capacidades mágicas, tratemos en todo momento de hacernos una idea de la prolífica realidad energética, de la lectura esotérica que subyace en cada evento cotidiano. La imaginación es, por definición, el ejercicio de los sentidos astrales.
Silencio en expansión: El silencio mental es una fuerza que se expande inconteniblemente, como energía radiactiva, desde el centro de nuestro ser hacia el mundo exterior. Cada conciencia reproduce, en el fondo, el misterio de un universo que explota. Potenciar esta idea no solo “empuja” hacia fuera toda intromisión amenazante, sino que amplía ciertamente el alcance secreto de nuestros sentidos. Nos convertimos en “irradiadores” de silencio.
El agujero negro: Otra orientación más, digamos, femenina, consiste en imaginar que ese punto de conciencia en que nos convertimos es una nada inconcebible que todo se lo traga: lo mental y lo perceptivo, lo positivo y lo negativo. Todo cabe en ese vacío que opta por anular irreversiblemente todo lo que devora.
El testigo: Otra técnica clásica es imaginar que somos espectadores imparciales y externos de todo lo que nos ocurre, como si fuéramos un “doble” invisible que nos observa a algunos metros de distancia. Esta técnica es un magnífico ejercicio de serenidad y desapego que también nos identifica con nuestra esencia vidente.
Sublimar malos hábitos: Una posibilidad francamente buena es aprovechar el potencial obsesivo de los vicios para disparar el propósito. Cada vez, por ejemplo, que sentimos ganas de fumar, que no son pocas para el que lo quiere dejar, establecemos la asociación con el silencio, como en la técnica de los recordatorios. Los resultados son magníficos.
Conexión con el Poder: La verdadera Conexión que un hombre debe cultivar es con el Espíritu, sea cual sea su concepto teológico o vivencial. Hemos visto que no podemos definirlo, pero todo el que lo experimenta constata que en efecto se trata de una conexión en toda regla. Intentar en todo momento esta conexión es un método infalible para sentirnos fluidos, confiados, respetuosos, y en profunda armonía con el entorno.
Vivir encendido: En una cultura cuántica, del todo o nada, es fácil aceptar que solo hay dos estados del ser: consciente o distraído, encendido o apagado. Se trata, pues, de hacer hincapié en la verificación constante de que nos hallamos en la posición correcta del conmutador: ON, encendido. De hecho, es más exacto hablar de “encendidos” que de “iluminados”.
Acción impecable: Como habrá podido comprobar el lector con las técnicas anteriores, hemos orientado este recuento hacia el imperativo de superar la dicotomía entre nuestro compromiso cotidiano con la acción y con la búsqueda de silencio interno. Se trata de vivir continuamente en conexión con la trascendencia, y no agotando por inercia la energía obtenida en los ratos exclusivos de meditación, así que es preciso encontrarle un sentido sagrado a la acción en sí misma. El tedio y la pereza son verdaderas aberraciones para un buscador de conocimiento. El Espíritu es acción. Todo se mueve. Se trata de convertir el versátil flujo de esfuerzos que inundan nuestra vida en un lenguaje de crecimiento a través, por supuesto, del inconfundible propósito de la impecabilidad, del silencio interno. Resulta extremadamente difícil traducir este concepto en palabras, pero existe una fuerza especial, como un vapor que la acción misma exuda, que se convierte en conciencia cuando esta acción es impecable.
Secuencias de poder: Se puede hacer una aplicación visual de la técnica anterior imaginando la acción impecable como núcleo estelar de un sistema de elementos que orbitan a su alrededor. Pero tiene más poder mnemotécnico establecer una secuencia de acciones con tres o cuatro elementos (preferiblemente tres) que se disparan en orden en el momento de hacer silencio. Por ejemplo, la secuencia M-A-V: el mantra, la acción impecable, y la verificación. El primero es el cimiento, el acto repetitivo (que puede ser también un movimiento, un comando) necesario para arrancarse de la distracción, que no es fácil. El segundo es la elección de la conducta más perfecta del abanico de posibilidades con que nos enfrentamos en ese momento.
Y el tercero es la verificación de que lo estamos consiguiendo, de que el silencio interno es real, de que no se nos escapa rápidamente entre los dedos.
Comandos cuerdos: Se trata de dictarse a uno mismo órdenes verbales silenciosas. Mantener con uno mismo un diálogo cuerdo, correcto, consciente, pausado, enérgico, constructivo, implacable, bien dirigido, que nos impida desviarnos del Propósito.
Contar: Tenemos tan automatizadas las enumeraciones que incluso concentrados en otros quehaceres perdemos difícilmente la cuenta. Contar de 1 a 10, hacia delante o hacia atrás, es una tarea extremadamente simple, pero el hecho es que interrumpe poderosamente nuestro tren habitual mental.
No-haceres: Potenciar hábitos absurdos, inútiles, como mordisquear un garbanzo, mover los dedos, girar los ojos; o introducir desacuerdos conductuales, como ponerse un calcetín mucho más largo que el otro, cambiarse los anillos, etc, actúan como recordatorios. Cosas que no llamen la atención de los demás, pero sí la nuestra.
Intento inflexible: Término basado en Castaneda. Según él, es suficiente y prioritario “intentar” con un propósito fiero estar en silencio interno. La intención es mental, pero el intento es acción; he ahí la diferencia. Mágicamente, intentar sostenidamente algo, independientemente de su posibilidad, genera a medio o largo plazo, de manera inevitable, un resultado.
Cazando distracciones: La mente es un bosque enmarañado y oscuro. Los pensamientos son fieras que irrumpen entre la hojarasca. Con la espada de la determinación los tenemos a raya. Siempre buscan devorarnos, así que el buscador de silencio lucha sin descanso, con auténtica actitud guerrera, intentando anticiparse al enemigo.
Intervalos: Se trata de segmentar el curso de los acontecimientos en unidades estratégicas, debidamente acotadas, sobre las que podamos aplicar más controladamente nuestras técnicas de silencio mental. Si prestamos atención, comprobaremos que las rutinas diarias ya están de por sí segmentadas en unidades naturales fáciles de determinar: “cruzar la calle”, “caminar por esta acera”, “comprar el periódico”, “ducharnos”, “realizar tal o cual gestión”, etc, etc. Se trata de convertir estos segmentos en intervalos de silencio en los extremos de los cuales podamos aplicar algún tipo de “cotas” identificativas, como recitar un
pequeño Mantra, o hacer un movimiento táctico, o mirarse fugazmente las manos.
Asociaciones: “Cada vez que entre en el ascensor me he de fijar en esa mancha y recordar que debo silenciar mi mente”. Es un ejemplo de esta técnica. Asociar diversos objetos o sucesos cotidianos con la alerta espiritual. Es como ir dejando notas en nuestros recorridos que nos sirvan de recordatorios.
Anagramas en la mano: Dibujarse todas las mañanas en la mano algún pequeño símbolo personal (un punto, una letra). Ya que las manos las tenemos siempre delante, nos aseguramos un recordatorio constante.
Conciencia de la muerte: Aunque suene un poco tétrico, o monástico, la conciencia constante de la muerte, como quiera que sea la forma en que imaginemos su presencia, es una herramienta magnífica para darle seriedad y urgencia a nuestra lucha contra la distracción.
Conciencia de la respiración: Es el método yogui, y también zen, por excelencia. Grandes tradiciones ancestrales avalan el poder de esta técnica. La atención siempre puesta en la respiración es un barrido de paz y silencio para nuestro disparatado diálogo mental.
Conciencia del aura o Esfera Luminosa: Nos imaginarnos a nosotros mismos como una esfera de energía perceptiva, reactiva, que interacciona con un mundo también abstracto que fluye y cambia constantemente. Esto produce resultados sorprendentes, quizás porque se aproxima a la realidad.
Conciencia de algún chakra: La tradición esotérica sostiene que existen, en nuestra envoltura energética, vórtices especiales de energía asociados con las glándulas endocrinas de nuestro cuerpo físico. Para mantener el silencio tienen especial poder el “hara” (debajo del ombligo), y los chakras del pecho y la frente.
Conciencia del fuego interno: En el centro de cada uno de nosotros hay una llama inextinguible de poder y conocimiento. Iniciáticamente, el universo entero está en el centro más profundo de cada uno de nosotros. Vivir con la atención puesta en esa fuerza nos hace realmente invulnerables.
Conciencia del Punto: La técnica de visualización más sencilla consiste en imaginar que todo lo que somos se reduce a un punto sin dimensiones que flota errante en la inmensidad. Un punto sin barreras. Dónde lo situemos es indiferente a efectos técnicos. Un punto sin atributos resiste, como una boya en el oleaje, los embates de todo sopor mental.
Darse cuenta de todo: Otra técnica muy distinta consiste en asumir el reto de atender al máximo número posible de estímulos circundantes, con el objeto de tener siempre una visión global de lo que está ocurriendo alrededor. En vez de secundar nuestra secular atención especializada, aprendemos a cultivar una percepción panorámica, contextual. Los estímulos ya no son acontecimientos aislados sino partes de un “edificio significativo”.
Enfocar: Es una de las mejores. No se trata de ver, mirar u observar. Enfocar es agarrar con la mirada. Ser conscientes de que estamos mirando algo. La atención puesta en el complejísimo fenómeno de observar, de percibir visualmente. Es una técnica poderosa y muy compatible con cualquier actividad. Difícil de concebir, pero inestimable cuando se experimenta. Entonces se da cuenta uno de que llamarlo “enfocar” es justo.
Desenfocar: Parece contrario a lo anterior, pero poner la mirada ligeramente borrosa, sin que se note exteriormente, sin llegar a bizquear, tiene el efecto instantáneo de crear silencio mental tanto en nosotros como en las personas que nos rodean. Una técnica muy efectiva en las situaciones sociales comprometidas, aunque no tanto si tenemos que trabajar delante de una computadora.
Visión abierta: El campo visual es una elipse de información luminosa atiborrada de acontecimientos. Normalmente ponemos toda la atención en el foco central, pero si dispersamos esa atención por todo el campo, incluidos los bordes, descubrimos un mundo nuevo y sugerente, plagado de extraños presentimientos.
Pantalla en blanco: Es una técnica clásica de Control Mental. Convertimos el campo visual en un inmaculado estanque de luz en cuyo borde exterior se clavan los pensamientos sin llegar a traspasarlo, sin ensuciarlo. Podemos movernos en el espacio visual a salvo de cualquier distracción.
El estímulo natural protagonista: Una técnica muy compatible con el quehacer diario es poner la atención siempre en aquel estímulo que se constituya en el protagonista natural de cada situación. Siempre hay uno. Y asegurarnos de localizarlo es una garantía de vivir realmente en el “aquí y ahora”, así como una valiosa pista para entender el mensaje oculto de los acontecimientos.
Silencio interno verificado: Muchas veces ocurre que, pese a seguir una técnica con disciplina, es dudoso o leve el estado real de silencio interno que experimentamos. Esta técnica pone el énfasis en verificar con regularidad (ayudándonos por ejemplo de la técnica de los Intervalos) que nuestro diálogo interno está realmente detenido y que la ausencia de distracciones es pura.
Atender al mundo sonoro: Poner la atención exclusivamente en la información auditiva no solo es perfectamente compatible con el trabajo, donde siempre al fin y al cabo estamos manejando estructuras verbales, sonoras, sino que nos sumerge además en un espectacular universo de sensaciones nuevas, intrigantes, profundamente musicales.
Imaginar el astral: Muchos videntes llaman “el astral” a la Otra Conciencia, al otro mundo. Con una fe suprema en nuestra intuición, en nuestras dormidas capacidades mágicas, tratemos en todo momento de hacernos una idea de la prolífica realidad energética, de la lectura esotérica que subyace en cada evento cotidiano. La imaginación es, por definición, el ejercicio de los sentidos astrales.
Silencio en expansión: El silencio mental es una fuerza que se expande inconteniblemente, como energía radiactiva, desde el centro de nuestro ser hacia el mundo exterior. Cada conciencia reproduce, en el fondo, el misterio de un universo que explota. Potenciar esta idea no solo “empuja” hacia fuera toda intromisión amenazante, sino que amplía ciertamente el alcance secreto de nuestros sentidos. Nos convertimos en “irradiadores” de silencio.
El agujero negro: Otra orientación más, digamos, femenina, consiste en imaginar que ese punto de conciencia en que nos convertimos es una nada inconcebible que todo se lo traga: lo mental y lo perceptivo, lo positivo y lo negativo. Todo cabe en ese vacío que opta por anular irreversiblemente todo lo que devora.
El testigo: Otra técnica clásica es imaginar que somos espectadores imparciales y externos de todo lo que nos ocurre, como si fuéramos un “doble” invisible que nos observa a algunos metros de distancia. Esta técnica es un magnífico ejercicio de serenidad y desapego que también nos identifica con nuestra esencia vidente.
Sublimar malos hábitos: Una posibilidad francamente buena es aprovechar el potencial obsesivo de los vicios para disparar el propósito. Cada vez, por ejemplo, que sentimos ganas de fumar, que no son pocas para el que lo quiere dejar, establecemos la asociación con el silencio, como en la técnica de los recordatorios. Los resultados son magníficos.
Conexión con el Poder: La verdadera Conexión que un hombre debe cultivar es con el Espíritu, sea cual sea su concepto teológico o vivencial. Hemos visto que no podemos definirlo, pero todo el que lo experimenta constata que en efecto se trata de una conexión en toda regla. Intentar en todo momento esta conexión es un método infalible para sentirnos fluidos, confiados, respetuosos, y en profunda armonía con el entorno.
Vivir encendido: En una cultura cuántica, del todo o nada, es fácil aceptar que solo hay dos estados del ser: consciente o distraído, encendido o apagado. Se trata, pues, de hacer hincapié en la verificación constante de que nos hallamos en la posición correcta del conmutador: ON, encendido. De hecho, es más exacto hablar de “encendidos” que de “iluminados”.
Acción impecable: Como habrá podido comprobar el lector con las técnicas anteriores, hemos orientado este recuento hacia el imperativo de superar la dicotomía entre nuestro compromiso cotidiano con la acción y con la búsqueda de silencio interno. Se trata de vivir continuamente en conexión con la trascendencia, y no agotando por inercia la energía obtenida en los ratos exclusivos de meditación, así que es preciso encontrarle un sentido sagrado a la acción en sí misma. El tedio y la pereza son verdaderas aberraciones para un buscador de conocimiento. El Espíritu es acción. Todo se mueve. Se trata de convertir el versátil flujo de esfuerzos que inundan nuestra vida en un lenguaje de crecimiento a través, por supuesto, del inconfundible propósito de la impecabilidad, del silencio interno. Resulta extremadamente difícil traducir este concepto en palabras, pero existe una fuerza especial, como un vapor que la acción misma exuda, que se convierte en conciencia cuando esta acción es impecable.
Secuencias de poder: Se puede hacer una aplicación visual de la técnica anterior imaginando la acción impecable como núcleo estelar de un sistema de elementos que orbitan a su alrededor. Pero tiene más poder mnemotécnico establecer una secuencia de acciones con tres o cuatro elementos (preferiblemente tres) que se disparan en orden en el momento de hacer silencio. Por ejemplo, la secuencia M-A-V: el mantra, la acción impecable, y la verificación. El primero es el cimiento, el acto repetitivo (que puede ser también un movimiento, un comando) necesario para arrancarse de la distracción, que no es fácil. El segundo es la elección de la conducta más perfecta del abanico de posibilidades con que nos enfrentamos en ese momento.
Y el tercero es la verificación de que lo estamos consiguiendo, de que el silencio interno es real, de que no se nos escapa rápidamente entre los dedos.
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