lunes, 4 de marzo de 2013

FILÓSOFO TOLTECA DON JUAN MATUS "Acotaciones Finales"

Si desmenuzamos hasta sus últimas consecuencias las implicaciones semánticas de los términos "revelación" y "auténtico", no puede haber objeción en sostener que la obra de Castaneda constituye, para la Espiritualidad de nuestros días, una "auténtica revelación".

Si nos basamos en un código de valores que otorgue prioridad a las informaciones que arrojen luz sobre la naturaleza del cosmos y el ser humano, cosa que por desgracia no es lo habitual en una estirpe tan superflua como autodestructiva, y en general sobre ese concepto tan ambiguo pero tan denso que llamamos "el sentido de la vida", hay que reconocer que la obra de Castaneda es un verdadero "regalo" para la humanidad.

La obra de Castaneda ha actualizado el lenguaje espiritual. Su dialéctica literaria ha traducido los viejos conceptos de la teología en términos que cualquier persona del mundo actual puede comprender y digerir, cosa que desde luego no ocurre con los tratados cristianos, o de las clásicas escuelas orientalistas o gnósticas, obsoletas y desfasadas.

Como, en una actualidad tan "globalizada", ya prácticamente no nos damos cuenta de hasta qué punto el esquema teológico cristiano (un Dios personal, creador, bueno, que premia o castiga, que escucha las oraciones, etc) lo tenemos inscrito, desde nuestra más tierna infancia, en la médula de nuestras convicciones ideológicas, no reparamos tampoco hasta qué extremo el sistema revelado en la obra de Castaneda constituye una "alternativa" radical y gnoseológicamente completa a ese esquema. Incluso los ateos lo son en relación a ese Dios genéticamente enseñado. Y el debate en cuanto a las clases de Religión también demuestra que no se conciben más alternativa. Pues tanto en el Islam como en Oriente también se maneja el mismo esquema. O Dios existe o Dios no existe, pero no se contemplan más alternativas. Pues bien, ya sea por el milenario aislamiento del continente americano, ya sea por la efectividad del hermetismo tolteca, el hecho es que la obra de Castaneda nos plantea una verdadera alternativa, y es de agradecer: Dios existe, sí; pero no tiene nada que ver con el esquema del Dios manejado en las religiones oficiales. Es un Dios tan radicalmente distinto que no se le puede llamar como tal. Y, de hecho, esa palabra, Dios, jamás se usa en la obra de Castaneda. Tanto Don Juan como él eran conscientes del ireparable arraigamiento semántico de ese término en nuestra cultura global.

Por todo lo cual, la obra de Castaneda nos ofrece un sistema de creencias realmente "independiente", que decididamente no reproduce los endémicos parámetros, que la oficialidad desearía sempiternos, del cristianismo, la filosofía griega, o el imperio generalizado de los esquemas teológicos occidentales, a estas alturas ya totalmente impuestos, con mayor menor sutileza, sobre las aparentes diferencias del Islam o las religiones orientales. Incluso sobre la Teosofía y el Esoterismo. Incluso sobre el mismo satanismo.

Académicamente hablando, y sin ningún tipo de tapujos, ofrece sobradamente los tres elementos que ha de contener un sistema de creencias cabal: una explicación del mundo (o "cosmología"), un sistema moral exhaustivo ("ética"), y una batería de procedimientos técnicos detallados para acceder al sistema ("metodología práctica").

Su descripción del mundo es intachablemente completa y comprende todos los grandes temas de las Cosmologías al uso: qué es el universo, la materia, la realidad, la percepción; cuál es la naturaleza del ser humano, de dónde venimos y hacia dónde vamos; qué es el mundo, las realidades paralelas, los seres invisibles, los estamentos sociales, y la muerte.

Su ética, el camino del guerrero, es una norma de conducta que goza de una consecuencia interna indiscutible. Es un auténtico código moral, especialmente poderoso en el terreno de la auto-superación. Una verdadera obra maestra como reglamentación del comportamiento, con un nivel de aplicabilidad que no tiene nada que envidiar al de las religiones oficiales.

Sin ritualismos ni liturgias, su metodología abunda en infinidad de ejercicios y prácticas concretas para acceder a las experiencias directas de los elementos y realidades que preconiza su sistema de creencias.

Aunque es difícil elucidar si Castaneda, en este punto, echó mano de conocimientos previos o no, en principio es un gran acierto definir la videncia como la capacidad de percibir la naturaleza esencialmente energética de la realidad. El manejo que del término "energía" hace el sistema es tan actual que brinda incontables y sugestivas pistas para los estudiosos de la metafísica e incluso de las partículas elementales.

Igual consideración podría hacerse sobre muchos de los conceptos claves de la obra. La riqueza de matices y perspectivas nuevas que introduce sobre aspectos clásicos de la Cosmología, como quizás el Espíritu (con su interesante asociación con la filosofía de la Intencionalidad) o la Muerte o el misterio de la Percepción o de la Razón o del Silencio Interno, por citar algunos de ellos, son siempre de agradecer. Pero quizás el concepto más realzado en el conjunto de la obra, y no puede negársele su acierto, es el de Libertad. Éste es quizás el valor fundamental en todo el sistema. Un valor que, Don Juan mismo lo reconoce, ha ido depurándose a lo largo de milenios de ensayo y error. La libertad total es la marca, la meta, la esencia última del Conocimiento de los nuevos videntes. Por muy inalcnzable que parezca. ¿Para qué sirve, en efecto, la mismísima inmortalidad, o el poder o la sabiduría, si no somos libres?

La obra de Castaneda ha dado voz y peso al verdadero mensaje del continente americano. La enorme tradición y sabiduría milenaria que destapan sus obras rellena el vacío que dejó la represión conquistadora, y le da una dimensión escalofriante a la revolución que supuso el descubrimiento del Nuevo Mundo. Es éste un mérito del que rara vez se habla en otros estudios sobre la obra de Castaneda, pero que a nosotros nos parece de especial relevancia. Sobre todo si, en consonancia con nuestra convicciones ecologistas, unimos la filosofía de la Naturaleza con el desarrollo histórico de la Espiritualidad. Algo que Teilhard de Chardin analizó magistralmente. Seguro que él tampoco se podría substraer a la intuición de la innegable oportunidad histórica de esta tradición que nos llega ahora desde el continente americano. Estaría de acuerdo en que un diseño ulterior lo mueve todo. Avatares, noosfera y revelaciones se unen en una super-estructura dinámica, inteligente, y de caracter evolutivo. Justo en la frontera del auto-exterminio. Desde luego, si para la tradición tolteca existe un "Dios" con el que nos podamos mínimamente comunicar, ése sería el planeta Tierra, antes que cualquier otra divinidad inalcanzable en su natural indiferencia. Somos parte interesada. Y habría que estar ciegos para no ver que ese monumental organismo nos está intentando decir algo.

Se trata de un mensaje global. Y aquí podemos hablar de otro mérito. Pues aunque hay razones de peso para asociar de manera sustancial el Esoterismo con el secreto (Ocultismo; Hermetismo), ya sea por los inquisitoriales celos de la ortodoxia como por la irresistible tendencia a la corrupción que implican los "poderes" paranormales, el hecho es que la obra de Castaneda ha sacado a la luz pública la última gran tradición iniciática que se escondía tras los velos del Ocultismo. Quizás para la tradición en sí esto haya sido un handicap. El tiempo lo dirá. Pero para nosotros ha sido un servicio, y negarlo dándose ahora golpes en el
pecho, sería una hipocresía. ¿Para qué necesitaríamos preservar la pureza de una tierra virgen si nunca hubiera podido ser visitada por nadie? Por eso, y aunque el papel de Castaneda al respecto tenga mucho que ver con la traición, o el destino capricorniano de ser el "chivo expiatorio" (curiosa la relación entre "chivo" y "chivato"), es suyo el mérito de haber acabado con el hermetismo.

Y de todas las revelaciones hechas públicas, a nuestro juicio la más importante es la del "ensueño".  Sin lugar a dudas. La obra de Castaneda ha devuelto a los sueños su verdadera significación dentro de nuestro destino como seres vivos. Una significación, por cierto, muy distinta de la que se estaba imponiendo en los manuales esotéricos a partir, sobre todo, del psicoanálisis. Los sueños no son símbolos ni recreaciones mentales. Los sueños son experiencias reales. Sobre todo a partir del momento en que “despertamos” dentro de ellos. Ése es el objetivo último de nuestras funciones oníricas. Podemos llegar a despertar, movernos y vivir dentro de nuestros sueños con la absoluta y acertada conciencia de que estamos dormidos en el mundo real, en nuestra cama habitual, domicilio, hora, etc. Esto transforma radicalmente nuestra idea del mundo, y convierte a esta experiencia (que Castaneda llama ensueño, y otros autores sueños lúcidos) en el principal método de iniciación, abriendo la perspectiva más natural, espectacular y democrática que jamás ha tenido el hombre para experimentar no solo otros mundos, otras realidades, sino sobre todo las inmensas e insospechadas posibilidades de la percepción y el conocimiento humanos.

La obra de Castaneda le da una nueva dimensión, trascendental, a la salud humana dentro del marco de la psicología evolutiva. El hecho de que Don Juan (rezo por el día en que esta referencia desbanque, en las prioridades del acervo cultural, a su homónimo Tenorio, mil veces más intrascendente) fuera un anciano física y muscularmente excelente, que muere voluntariamente y en plenitud de facultades, entierra definitivamente el nefasto dualismo de la ascesis cristiana, y confirma uno de los pilares inconscientes básicos de la espiritualidad actual: el ser humano es un conjunto integral de espíritu y materia, y han de desarrollarse unidos y en armonía. La enfermedad no es inevitable. No es el final lógico del ser humano. La vejez pasa a ser un período de plenitud y no de degeneración.

Es ingente la cantidad de terapias alternativas, escuelas de artes marciales, intereses ecologistas, etnológicos, psicotrópicos y literarios que deben su éxito a la plataforma subliminal de posibilidades que ha suscitado la obra de Castaneda. Un éxito que roza incluso el oportunismo. La obra de Castaneda ha tocado una raíz profunda de la intuición humana, y son infinidad los autores y escuelas que deberían pararse a examinar la deuda contraída antes de criticar en voz alta las inconsistencias del sistema.

Quizás una forma más impersonal de expresar lo anterior es llamar la atención sobre la ingente cantidad de temas polémicos abiertos en la comunidad científica, filosófica, religiosa o política que, gracias a la nueva perspectiva de la obra de Castaneda son estimulados de nuevo para el debate, la revisión o los cambios de enfoque teóricos.

De hecho, y aunque Castaneda mismo no diera demasiadas muestras, en su postrer testimonio personal de vida, de ser un ecologista a ultranza, el aporte que su filosofía ha dado al concepto de un planeta Tierra entendido como un organismo consciente y vivo, autorregulado e intencional, en consonancia con la ya popular idea de Gaia, o con la siempre reivindicable obra del visionario Theilhard, es diáfano y rotundo, hasta el extremo, incluso, de la deuda moral, por parte del ecologismo hacia la obra de Castaneda.

En el tema de la droga, la aportación de la obra de Castaneda ha sido especialmente capital. Sus primeros libros demostraban que se podía hacer un uso místico de los psicotrópicos, como han hecho todas las tradiciones ancestrales. Luego, se ha cuidado de insistir en la contingencia de estas sustancias dentro del conjunto total del Conocimiento. Así que, en prinicipio, le debemos las dos actualizaciones: la de poner la droga en su sitio, contextualizándola antropológicamente, y la de señalarnos por qué es mucho más importante controlarla y elegir la sobriedad.

Aunque dialécticamente redunda en un tautologismo implícito, el de explicarlo todo en base a los movimientos del “punto de encaje” (chakra de la percepción), se ha de reconocer también a la obra de Castaneda el valor de constituirse en una nueva y consistente Psicología de la Percepción. Sus disertaciones acerca de los sentidos, el lenguaje, las interpretaciones semánticas y el proceso educativo tienen cuerpo suficiente para ello.

En cuanto al trato con la gente, a la fusión de lo místico con lo social, la obra de Castaneda introduce una estrategia, el arte del acecho, especialmente sugestivo y liberador. La mitología cinematográfica ha jugado también inconscientemente con esta intuición durante décadas: llevar una doble vida, borrar la historia personal, hacer arte del teatro con que protegemos nuestra intimidad, romper rutinas, etc. Por fin somos libres para manejar la verdad y la mentira, pues al fin y al cabo la malicia con que los profanos persiguen a los buscadores es tan antigua como destructiva, y tenemos el derecho y el deber de defendernos. Esto no significa que volvamos a la Ley del Talión, justifiquemos la venganza o invalidemos las profundas estrategias de la no-violencia. Especialmente éstas últimas constituyen recursos que, bien entendidos, son sutiles y efectivas armas de guerrero. Lo que queda invalidada es nuestra supuesta obligación de entregarnos a nada.

La fuerza destructiva de los opresores, explotadores, criminales, acosadores y violentos también puede ser, precisamente para ser vencida, estratégicamente utilizada para potenciar el temple y el control de los guerreros, sin contemplar en ningún momento, desde luego, la posibilidad de que este uso revierta en una redención de estos tiranos hacia la oportunidad del Conocimiento. Por principio, nunca la tendrán. Su destino como opresores es tan inalterable como el de sus víctimas, pero mucho más funesto. Saberlo convierte la lucha de clases en algo con más sentido.

Aunque el "plus" más especialmente esperanzador, y contrario al cristianismo, de las premisas del sistema con respecto a la lucha social es incluso más fundamental: ese desatino, esa errática conducta, esas deplorables condiciones que caracterizan nuestra sociedad no son en realidad culpa nuestra. La "caída" del hombre no fue el producto de una mala elección, sino de la invasión, en toda regla, de una especie "alienígena", de conciencia superior, que se adueñó de nuestras mentes al nivel más sutil imaginable: sustituyéndolas por otras estructuras mentales convenientes a sus intereses predatorios. Nunca fuimos libres.
Es ahora cuando empezamos a serlo. Y no se puede negar que este cambio de perspectiva introduce repercusiones morales y psicológicas de primer orden.

Desde luego, también es un gran mérito implícito de la obra de Castaneda, causa o efecto de su éxito editorial, es la ingente cantidad de personas que encontraron en su lectura la respuesta íntima definitiva a sus profundos interrogantes sociales y existenciales. Cierto es que el auge de los libros coincidió con unos años particularmente convulsos y necesitados de respuestas: el primer libro cayó en medio de la revolución hippy y el mayo del 68 francés. Pero no se puede obviar el hecho, mil veces constatado a través de testimonios y pareceres personales, de que los libros acertaban en las exigencias intelectuales clave de miles y miles de personas altamente cualificadas, por muy en crisis que estuvieran sus valores. Castaneda fue el primer sorprendido de su éxito. Había tocado una llaga intuitiva muy profunda en el lectorado, y la conclusión honesta es que algo también muy profundo tenía que estar diciéndose en aquellas páginas.

Finalmente, un tesoro inestimable de la obra de Castaneda es el profundo sentido del humor con que sus personajes acometen la tarea del Conocimiento. Una irreverencia que no desdibuja la épica grandeza de lo que tenemos entre manos, pero que desmitifica y allana muy gratificantemente todos los babosos e intocables presupuestos de nuestra cultura espiritual. Este punto es, quizás, el que más credibilidad brinda al testimonio de Castaneda. Don Juan se parte de risa con los errores de sus discípulos, con los disparates de nuestra cultura racional, con las miserias de su propia naturaleza, y hasta con las rimbombantes manifestaciones del terror. Ningún farsante se arriesgaría a lanzar tan sublimes mensajes pareciendo tan humano.

En suma, una obra maestra, todavía no totalmente asimilada por los intelectuales que se creen dueños de lo que debemos creer o pensar. Siendo que sería tan sencillo como ponerse a practicar lo que este genio nos transmite: la ancestral "brujería" Tolteca.

(Nota Final) Todos los mensajes que llevan por nombre "Filósofo Tolteca Don Juan Matus" están basados en la obra de Sete Goytre, "Lector de Castaneda".

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